lunes, 26 de noviembre de 2018

El Canto de la Autocuración


¡Que las fuerzas sanadoras del sol, la luna y las estrellas y los planetas en su movimiento fluyan a través de mí!, ¡Fluyan a través de mí!

Y como el río cargado con las lluvias retorna el agua a los mares, pueda yo devolver, a quienes no lo tienen, el conocimiento del camino, la profunda comprensión de la unidad de la energía, que baila en todas las formas, desde el más pequeño de los átomos hasta la más grande de las galaxias. ¡Y que por un segundo, pueda ver desplegarse lo infinito dentro de mí! ¡Y así, ser libre!

¡Que el poder de curación del aire que todos respiramos, nos muestre la ley del compartir¡ 

¡La ley del compartir! Con cada respiración armonizamos vida y muerte.

¡Que el poder de curación de la tierra me haga renacer! ¡Me haga renacer! ¡Que pueda utilizar el idéntico valor de cada una de las innumerables formas de la existencia! Así dentro de mí, poner fin a la discordia.

¡Que el poder de curación de la luz, vuelva luminosa mi visión! De manera que pueda unificar la aparente oposición e ir más allá de lo bueno y lo malo y lo bueno para dejar de ver la vida en blanco y negro.

¡Que el poder de curación del agua me permita crecer! ¡Me permita crecer!

¡Que aprenda a dejar de ser y pueda vivir cada momento en ese flujo!

¡Que el poder de curación del fuego abrace el verdadero anhelo de mi corazón! Y me haga profundizar, me lleve más profundo.

¡Que el poder de curación del sonido fluya a través de mi voz y se expanda alrededor de mí!

¡Que afine mi oído en todo lo que escucho! De modo que la mente se vuelva clara y me libere del miedo y del deseo.

En el silencio sin centro, que pueda percibir la gracia curativa de ese brillante y luminoso espacio vacío. Ser la esencia de mi propio espíritu para ir más allá de los conceptos limitados del nacimiento y la muerte y trascender las falsas visiones del tiempo.

¡Que por el poder de curación invocado en este canto podamos, yo y todos los que sufren, ser conscientes de nuestra fortaleza!

¡Y que nuestros corazones puedan conocer la paz que anhelan!.


Reflexión atribuida a John Shane (1978), citada por Gory Peralta Gil en su libro “Sincronía en el camino de Compostela: un viaje hacia el crecimiento interior”. Ediciones Castilibros 2015.



domingo, 11 de noviembre de 2018

11.11.11



Muchas veces hablamos de nuevos inicios, muchas veces de cierres de ciclos, entre esos dos eslabores del tiempo, hay una liga que como premonición o advertencia, avisa que viene un cambio, avisa que lo que termina se cierra, lo que sucedió ya no volverá, el paradigma cambia, lo que se apaga, ya no encenderá de nuevo, porque en el ciclo de la vida, nada ni nadie permanece, sólo la vida. Ese enlace entre dos episodios, entre dos estadios, entre dos vidas, ocurre segundos antes de las 11:00 del día 11 del mes 11, y quizás del año que numerológicamente también es 11 (2 + 0 + 1 + 8 = 11)

Sin tiempo para la nostalgia ni para lamentar el apego neurótico, llega ese momento, como cuando el guardagujas del ferrocarril, hace el cambio de ruta porque la otra se termina, de no hacerlo habría un descarrilamiento, es similar a cuando estas sirviendo licor en varias copas enfiladas, avanzas a la siguiente porque si sigues vertiendo en la que se llenó, simplemente se derrama, es como cuando el buzo cambia su tanque de oxígeno cuando el vacío ya no le ofrece qué respirar, es similar a una ciudad que es abandonada porque el lago que dio pié a su fundación se secó y para que la vida prosiga es menester emigrar. Es similar al big bang que una vez que detonó dio lugar a la formación de planetas, mundos, formas de vida.

Ese eslabón sucede estos minutos antes del 11.11.11, la incomodidad con lo establecido, el horror de la rutina, el tedio de las mismas palabras, la farsa de botellas nuevas con el mismo vino. La irremediable ruptura con lo establecido, el cambio de conceptos y paradigmas llevados y traídos, si el tiempo es elástico, es el punto último de la resistencia de los resortes. Como un globo que es inflado a su límite, como la llegada de esa gota que provoca el derrame, como ese paso al vacío antes de saltar en paracaídas. Es un punto sin regreso, pero el inicio de la mejor opción para transitar, la que está disponible, para la que te alcanza, la que has trabajado, el siguiente escalón en tu evolución. Es ahora o hasta la siguiente coincidencia numerológica.

martes, 25 de septiembre de 2018

Orfandad total



No existía servicio de uber, era difícil conseguir taxi a media noche, ya no había transporte público en esa Ciudad de México de la mitad de los años 1970, no recuerdo para qué me llevaron al médico, ni recuerdo a qué hora llegamos a casa, lo que recuerdo es que mi Papá me trajo cargado desde el hospital, unos 4 kilómetros quizás y venía yo ya sin molestias como si estuviéramos jugando al jinete. Tengo ese recuerdo para aferrarme cuando la memoria se pierde buscando algo asociado a un gesto entre mi Papá y yo.

Hace un mes falleció, desde aquella escena de casi medio siglo atrás, pasaron muchas cosas, las relaciones familiares tienen altibajos: separaciones con alivio y dolorosos reencuentros. Luego de la época de mi niñez en los años 70’s, vino la adolescencia y su correspondiente respuesta reactiva a la autoridad, ya mi Papá había dejado de ser mi superhéroe para pasar a ser el blanco de todas mis supuestas ideas contra lo establecido. 

Tuvimos  conflictos, tuvimos distanciamiento, pero invariablemente sabía que el pilar del hogar, junto a mi Madre, junto a mis hermanos menores, mis hermanas casadas y la generación de sobrinos que empezaban a desfilar por la casa, seguía siendo mi Padre. Yo ya me había integrado al mundo laboral formal, tenía el fantasioso pensamiento de ser independiente, de ya no pedir manutención a mis padres. Lo fantasioso era esa independencia, pues seguir viviendo bajo el mismo techo y teniendo resueltas otras necesidades, mi independencia se delimitaba a mis gastos para mantenerme estudiando en  la universidad, vestirme y calzarme, mis idas al cine, fiestas y algún viaje cada fin de año.

Fue en esa época cuando tuve los mayores desencuentros del tipo generacional con mi Papá y quizás las mayores descalificaciones a su modo retro de pensar. Cierta vez, en el bautizo de uno de mis sobrinos, me dijo que quería hablar conmigo, que era preciso que conociera yo a mis otros hermanos y hermanas, textualmente me dijo que no quería que las fuera conocer en otras circunstancias y sin saber, cometiera yo alguna “tontería”, sin tener claro a qué se refería con eso, me llené de coraje y le dije que entonces las sospechas de mi madre eran ciertas y que él le había mentido todo este tiempo, se me vino a la mente también algunas de las limitaciones y aquella esperada bicicleta de carreras que tuve hasta que yo mismo, ya trabajando me la pude que comprar, mantener dos familias nos había dejado con expectativas a la mitad a unos y a otros. Yo no quise conocer a mis medios hermanos, pensé que ellos no tendrían la culpa de mi enojo. Le dejé de hablar, esa fue la reacción del todavía adolescente que fui. Discernir y armar un modelo de pareja estable, me tomaría algunos años y tropiezos más de lo normal.

Ya había dejado de ser mi superhéroe en la niñez, ya no le otorgaba autoridad en la adolescencia. Pero ahí estuvo, lo vi respetuoso durante mi examen profesional, acompañando a mi Madre y hermanas que asistieron, ahí estuvo en momentos como el nacimiento de mi hijo y de mi hija, ahí estuvo en mi primera casa y nueva familia, estuvo para ofrecerme su casa si algún día esa familia se desintegraba y cuando sucedió, pernocté en su casa tantas veces como lo necesité.

Mi Padre alcanzó la edad para retirarse pensionado de su trabajo, al cual se había consagrado, quizás más que a sus familias, a partir de su retiro ya no se levantaba tan temprano, ya no se activaba y arreglaba para salir, sus horarios de comida se volvieron laxos y su salud mermada. Ya Jubilado, formó junto con amigos de su generación el trío los jubilosos quienes llegaron a amenizar bautizos y cumpleaños, empezó a dedicarle tiempo a su pasatiempo de cantautor y hasta su traje de mariachi se mandó hacer, de un color verde olivo que siempre fue su favorito y que yo, por mera oposición nunca quise usar una prenda de vestir de ese color.

Abundio Orduña Santana (1937-2018)



Ya en su edad más avanzada y más a invitación de mi Madre y pretextos festivos de mis hermanos, hermanas y sobrinos, los frecuentaba yo cada vez más. Con ese afecto distante que prácticamente no daba para abrazos, quizás presencia, quizás cercanía, apoyo, pero no abrazos. La autosuficiencia e independencia que mi Papá quería seguir demostrando, hizo que ignorara y que nos mantuviera al margen de sus recientes padecimientos, hoy conocidos como síndrome metabólico, pero en ese momento diagnosticados por separado y tratados sin una visión integral: diabetes, hipertensión, colesterol elevado, derivando en derrame cerebral, que lo puso en cama con hemipariasis y sin habla. De esas vueltas de 180 grados que da la vida, se volvió totalmente dependiente, incomunicado, sin movimiento en la mitad del cuerpo, sin posibilidad de caminar de nuevo por sí mismo. Los hermanos nos comprometimos en su cuidado y agotados nos apoyamos de cuidadora o enfermera, sin embargo mi Madre, con sus propios padecimientos y sin ver mejora alguna en mi Papá, a los dos años entró ella al hospital para una operación del sistema digestivo y ya no salió con vida.

Mi papá siguió no dos ni tres, ni cinco ni 10, sino 13 años en esa situación de parálisis, sin habla, dependiente cada vez más y en un deterioro lento y cruel, pasó por todo tipo de tratamientos, fisioterapia, todo tipo de terapias alternativas,  una compleja y minuciosa organización de los hijos y las hijas para cuidarlo. Se cumplieron los pronósticos del Geriatra sobre el deterioro paulatino de todos sus sistemas, digestivo, respiratorio, circulatorio. Casi a los nueve de esos 13 años, tuvo complicaciones renales y luego de medio año hospitalizado en condición grave, fue necesario hacerle diálisis peritoneal cuatro veces al día, es decir, sanitizar toda su habitación y conectarlo a sondas de entrada y salida de líquido que suplían la función de los riñones.

Aquel que había dejado de ser mi superhéroe, que había perdido autoridad, ahora perdía su salud, se había quedado viudo, aquellos hijos suyos que no quise conocer, 30 años después se integraron también a su apoyo y cuidado. En ese deterioro lento, todos nos fuimos contagiando de una normalización de la enfermedad, los nietos y bisnietos no lo conocieron de pie, sabían que en ese cuarto, en esa cama, había una persona recostada a la que le decían Abuelito y al saludarlo o darle un beso,  no estaban seguros de que los hubiera escuchado o identificado. Pasaron decenas de cuidadoras y enfermeras, su cuidado no era fácil y terminaban pidiendo su cambio o despedidas por la transformación de ellas mismas en su trato con “el paciente”. Llevarlo de paseo era todo un operativo de silla de ruedas, medicamentos e instrumentos. Al final de esos 13 años ya no todos sus hijos colaboraban, algunos vencidos por el cansancio, otros por sus propios asuntos de salud y otros más por razones no del todo explicables, se alejaron, uno de ellos llegaba con arreglos de fruta, ya ni pasaba a saludarlo, sólo dejaba arreglos de fruta, de los cuales la mayoría no podían incluirse en su dieta, pero los llevaba como quien lleva flores al recuerdo de alguien que ya no está.

Un martes hace un mes, aunque no me tocaba hacer guardia para cuidarlo, me quedé a dormir en su casa, la hermana que estaba a su lado me llamó más de una vez en la noche, me dijo que no lo veía bien, que tenía una mirada como de pánico, que a ratos le daba la impresión de que estaba rezando, que extendía la mano como si se tomara de la mano de alguien que nosotros no veíamos. A las ocho de la mañana del día siguiente, antes de su rutina de tomar signos, glucosa y administrarle medicamentos, otra de mis hermanas me llamó alarmada, entré a su cuarto y ya mi Padre no tenía pulso, cerró sus ojos y se apagó como una bombilla que lentamente con un “dimmer”  va bajando la intensidad, hasta no estar seguro de si sigue encendida o no.

Se había perdido el superhéroe de la infancia, había perdido la figura de autoridad de la adolescencia, el afecto distante, él había perdido su salud, ahora lo habíamos perdido completo. Dice la Tanatóloga que esto se llama pérdidas anticipadas y que se libera un alma presa en un cuerpo que ya no funciona, dice que  se trata de cierres de ciclos, yo le llamo la orfandad total.


La salida de casa a su última morada fue con su traje de mariachi verde olivo, que no es casualidad que sea tan parecida a la palabra alivio.



viernes, 3 de agosto de 2018

Medición de tiempo extraterrestre


En alguna revista sobre divulgación científica, recuerdo que hace muchos años me encontré un escrito de una cuartilla de Isaac Asimov en el que planteaba cómo medir el tiempo cuando los humanos ya estemos habitando otro planeta o una estación espacial artificial. No necesariamente podríamos seguir usando la medición del planeta Tierra, ya que está basado en la duración de su rotación, lo lógico sería dividir la rotación de nuevo planeta en 24 partes, pero esto sería útil a menos que tuviera exactamente el mismo tamaño y la misma velocidad de rotación que el planeta Tierra, lo cual es poco probable. Cuando leí aquel artículo de Asimov, a quien le tengo todo el respeto casi como a Carl Sagan y el gusto a sus lecturas como a Ray Bradbury. Principalmente lo que me parece admirable es escribir sin sujetarse a límites de tiempo y generaciones.

Ese tipo de escritura me parece desapegada del ego y narcisismo del escritor mismo, lo encuentro similar a los constructores de catedrales, aquellos que inician una actividad a sabiendas que no van a verla terminada. Los escritores de novelas se concretan en las vivencias de una generación, quizás con referencias a dos o tres generaciones, de abuelos a nietos. Pero lo admirable de los escritores de ciencia ficción, es que dan saltos de 200 años o de 10,000 mil años entre sus narraciones.

Cuando Asimov se planteaba cómo medir el tiempo, yo me plateaba cómo serían las conversaciones entre humanos que ya no habitan la tierra, que quizás ya no nacieron en la tierra, que se llamen humanos pero no terrícolas. Antes de pensar en su conversación, mi pregunta también era, si la medición del tiempo se volviera obsoleta tratando de ajustarla a la de la Tierra, ¿se mantendrían las horas y los minutos solo por nostalgia?, así como la medición del tiempo, ¿tendríamos que reproducir las condiciones de la tierra en esos nuevos planetas o estaciones espaciales?, las dos respuestas serían NO.

Un planeta que fuera incluso muy similar al planeta Tierra, no debería tener ciclos de luz y oscuridad, o sea, de amanecer y atardecer iguales que la Tierra. El ser humano y su capacidad de adaptación, seguramente sobrevivirían a ajustes en sus propios ciclos circadianos, un jet lag afectaría a la primera generación, no a las posteriores.

Reproducir las mismas condiciones de la tierra, nos llevaría a forzar un hábitat, que precisamente se abandonó por obsoleto, por mucho que hubiera cuestiones sentimentales, el ser humano se estaría adaptando a los cambios sin mayores problemas.

Como siempre hay dos variantes en las expectativas hacia el futuro: la optimistas y las catastrofistas, las utópicas y las distópicas, se dice que en un mundo futuro donde todo está minuciosamente planificado, no sería posible que algo saliera de control, por otro lado las teorías del caos, predicen factores de entropía en donde el orden no se mantiene inamovible, donde existen fallas en el sistema que dan paso a fallas estructurales y posibles caídas del sistema.

Como encargado de áreas de sistemas he podido comprobar los dos caminos, el primero es muy aburrido, un sistema computacional que hace exactamente lo que le pides, se vuelve confiable, predecible y su código es modificable cada vez que sea necesario replantearlo. Por otro lado están los sistemas con errores, desbordamientos de memoria y respuestas inesperadas, esos son increíblemente apasionantes, retantes, darse cuenta que las computadoras básicamente siguen haciendo lo que por instrucciones se les pidió, pero que entre las instrucciones puede haber una que se contradice con otra, o una que se duplica innumerables veces, en lo que se llama un loop, esos que sobre calientan los procesadores y terminan haciendo que se queme.

Un ejemplo: para un congreso llevé en disco una presentación que contenía imágenes con derechos reservados y para proyectarse necesitaba ser copiado al disco duro de la computadora conectada al proyector, entonces elaboré un archivo .bat (un programa de procesamiento por lotes) que al insertar el disco, se copiaba a una carpeta, iniciaba la presentación y al terminar ésta, borraba la presentación y para que no fuera recuperable copiaba una presentación vacía con el mismo archivo y luego la borraba junto con la carpeta que la contenía. La verdad es que funcionó muy bien, el equipo de investigación agradeció que la presentación no quedara en otras manos. Sin embargo, medio año después me pidieron la presentación y no me era posible copiarla, es decir, se presentaba y se auto-borraba, a mí mismo no me dejaba copiarla, tuve varias lecciones con esa experiencia, una de ellas, es que no puedes dejar programas sin documentar, es decir, sin que se sepa qué hacen al interior.

En otra ocasión, en un equipo servidor de red compartido, para cuestiones administrativas, no debería almacenar datos que no fueran propios de su función principal, yo conocía a los administradores del servidor y continuamente ocupan espacio que no debía con videos, música, o video juegos. Compartíamos la capacidad del servidor,  pero no las carpetas, para eliminar la práctica de almacenar información que no debían, les empecé a mandar reportes de espacio insuficiente en disco duro, entonces irremediablemente tenían que borrar sus programas de entretenimiento, como esto ocurría consuetudinariamente, elaboré otro programa .bat, que en esencia hacía lo que una plaga de lirio en un lago, se reproducía a sí mismo y duplicaba el espacio que ocupaba en disco duro, así que obligaba a que borraran sus programas indebidos y enseguida ocupaba el espacio que quedaba libre, el programa se replicó tantas veces como podía y cuando ya se había liberado el espacio, el propio programa se eliminaba, como un globo que se desinfla.

Estos programas funcionan siempre y cuando las condiciones sean normales, el hardware esté funcionando óptimamente, porque si se apagara a media ejecución, se puede quedar mucha información basura ocupando espacio sin utilidad alguna y tener que deshacer manualmente los cambios, en caso de que se tenga claro cuáles fueron.

En conclusión, hasta en el ambiente más planeado, puede haber fallos, factores de entropía y hasta mutaciones.

Asimov no se complicaba, tenía la capacidad de ver con normalidad las circunstancias de un futuro posible, decía que cuando los humanos habitáramos otros planetas o plataformas espaciales, la medición del tiempo no serían tan importante, a menos que fuera para el lanzamiento de la alguna nave, o algún evento en que se necesite presencia de dos o más personas, y para eso podría dividirse el ciclo (día) en 100 o en 1,000 partes, y así quedarse de ver a las 422 o a las 973 y si fuera menester mayor precisión, pues dividir el ciclo en 10,000 partes, así la llegada de una nave podría programarse a las 7,531, por ejemplo.

imagen tomada de: https://previews.123rf.com/images/mikhailleonov/mikhailleonov1710/mikhailleonov171000009/89027656-futuristic-modern-white-clock-watch-abstract-fractal-surreal-double-spiral-watch-clock-unusual-abstr.jpg



Finalmente la medición del tiempo es una convención, una salida que hemos encontramos para ponernos de acuerdo.

viernes, 13 de julio de 2018

Huellas de Amor


Ni heridas ni cicatrices o tatuajes
tampoco marcas, señales ni banderas
ni recorridos ni paseos ni viajes
sino rutas desde tu frente a tus caderas.

Sin ser signos o letras permanentes
son ubicaciones sensibles y precisas
borrando del pasado remanentes
inscritas a base de tibias caricias

Cada molécula, cada célula, todas ellas
en constante y cíclica renovación
grabado llevan del amor mis huellas
que una vez puestas ya no hay regresión.

Porque en vueltas de tiempo y espacio
en micro y macro, en negro y blanco
a la velocidad de la luz o muy despacio
dejo huellas de ser sincero y ser franco.

Huellas de amor que quedan por impulso
por aceleración, inspiración y agitación
llevando a máxima frecuencia el pulso
y de toda negativa experiencia su anulación.

Huellas de amor las que en mí dejas
con suaves hálitos y salvajes arrebatos
que son garantes de que ya no te alejas
y en centurias se vuelven nuestros ratos.

Imborrables son del amor las huellas
únicas e irrepetibles como las dactilares
que las has convertido en las más bellas
y que del más grande amor son los pilares.

Amarte ya es mi obsesión y delirio
en presencia, anhelo y pensamiento
así como al mar o a un lago cubre el lirio
está tu cuerpo, tapizado con mi aliento

Huellas que aunque poco a poco se imprimen
son invisibles para ajenos impertinentes
no existe fuerza o poder que las eliminen
sólo para los enamorados son evidentes.

Te miro, repaso y rememoro mis huellas
las conozco, y en mi lugar las encuentro
por amor éstas y por deseo aquellas
claras las de fuera, sutiles las de adentro.

Concierto de sabores, aromas y texturas
como si de hermosas de flores fueran ramo
que en lapsos me hace levitar a las alturas
sin duda alguna  eres la mujer que amo.


jueves, 12 de julio de 2018

Nostalgia por el futuro



El futuro ha sido siempre una fantasía, una llevada y traída fantasía que se va acomodando al estado del arte de la época en que se le piensa. Había una época donde al futuro se le visualizaba como una serie de gadgets que nos facilitarían la vida, todos con un diseño redondeado, con antenas y cables, largos cables, cables retráctiles, cables flexibles, el estado del arte aún no aportaba las baterías de larga duración. Era un futuro dominado por la idea del ingenio, de un futuro donde la inteligencia de los seres humanos sería tal que cada quien podría fabricarse o inventarse soluciones a los problemas más complejos, pero también a los más sencillos y cotidianos. Alguna cápsula sobre cómo leeríamos en el futuro, era interesantísima, pues se componía de un proyector de cuerpos opacos que tomaba la imagen de un libro físico, abierto en alguna página y la proyectaba al techo de la habitación, de esta forma el usuario podría estar leyendo desde la comodidad de su cama, solo mirando hacia arriba, activaría un interruptor para avanzar página y otro para retroceder, lo más ingenioso es que el avanzar o retroceder se componían de un brazo mecánico que con una punta de goma semi adherible, arrastraba la página hacia adelante, o su contrario la desplazaba hacia atrás. La fascinación del invento seguramente fue mermada por el calor que los proyectores de cuerpos opacos generaban como para una recámara y el brillo que no necesariamente era graduable, entonces el esfuerzo para la vista era similar a leer bajo la luz directa del sol. No le llamaré antecesor de los e-books porque hubo muchas décadas de diferencia.



Por lo visto en el invento descrito, había una tendencia futurista a la especialización, es decir, era tan específico que dicho invento no servía para leer periódicos, revistas y seguramente tampoco libros de bolsillo. El futuro nos daba para una especialización dirigida a ese nivel.

Indudablemente las fantasías sobre el futuro nos han llevado a grandes descubrimientos y al desarrollo de tecnología avanzada, pero también quedan para la anécdota ingeniosas tecnologías que se quedaron en el camino. Tengo conocimiento de causa por que uno de mis pasatiempos de niño y adolescente era armar y desarmar aparatos y dispositivos, me encantaba el término de aparatos electromécanicos, porque aunque contaban con motores eléctricos, resistencias y foquitos, también tenían ingeniosas maquinarias a base de poleas, tensores, correas, bandas, ligas, más de una vez desarmé juguetes, tocadiscos y reproductores cinta magnetofónica, por ejemplo, me llamaba mucho la atención cómo es que un reproductor de cassettes contaba con único motor que operaba con dos pilas de 1.5 volts y que giraba en una sola dirección, pero a partir de botones de avanzar y regresar como si fueran guarda agujas de ferrocarril, lograban cambiar la dirección en que giraba la cinta. Alguna vez desarmé una muñeca eléctrica de mis hermanas y me encontré con que usaba un disco magnetofónico, o sea un disco negro de aquellos previos a la era de digitalización que reproducía sonidos gracias la fricción de una aguja al pasar por surcos físicos, encontré que podía modificarle la velocidad de reproducción y entonces ya no les gustó la voz grave con que reproducía las limitadas frases que traía grabadas.


Fue en el verano de 1992 durante la Expo Sevilla que me tocó fascinarme con las pantallas de alta definición y decepcionarme con el abuso de la digitalización, no olvido un jardín representado con parte de escenografía real y con pantallas que ocultaban su marco para presentar imágenes de flores con mínimo movimiento queriendo engañar la vista. La digitalización nos hizo cruzar la frontera entre la fantasía de un futuro tangible con un futuro digital, virtual, inexistente.

Y no estoy en contra de las imágenes digitales ni el procesamiento cada vez más rápido de las tecnologías virtuales, sino que el camino se bifurcó y pasamos a la era digital, programable dejando atrás las piezas reales ingeniosamente acomodadas como información analógica.

Es, decir, el encanto por los juguetes y los gadgets se perdió porque en lugar de que al abrir un caballito o perrito de peluche y ver sus mecanismos para emitir ruidos, hechos a partir de la fricción entre una varilla y un diafragma de caucho, se encuentra un microchip que trae grabado el ladrido en alta definición.
A quienes nos tocó la experiencia primera de los videojuegos, pensemos en el ping pong, que eran dos líneas moviéndose de arriba abajo y un robusto pixel que rebotaba en ellas y en las paredes, nos parecían sólo un complemento de la realidad, ver representado en una pantalla un juego que teníamos a la mano con una raqueta verdadera y una pelotita real de alta definición. Tampoco estoy en contra de los avanzados videojuegos de realidad virtual, de realidad aumentada, de universos envolventes y en tres dimensiones, hasta colaborativos gracias a la red mundial. El paradigma de completar la experiencia original ha cambiado crear la experiencia total.

Hoy que veo películas hechas en su totalidad en ambientes digitales, no dejan de sorprenderme, pero tampoco dejo de pensar en las cafés Planet Hollywood, donde conocí la gabardina original de Terminator o el mecanismo metalizado que le daba movimiento a su ojo ya sin piel, o las maqueta de las naves de Star Trek que en efecto son las que eran filmadas y veíamos en la pantalla gigante.



Disfruto la era digital y no regresaría a la visión de futuro que tuvimos hace cinco o cuatro décadas, pero es fascinante cómo la fantasía del futuro nos ha llevado a una maduración, similar al futuro que imagina un niño, al que imagina un adolescente y al que imagina un adulto especializado. La nostalgia es por lo tangible, manipulable, desarmable y modificable que era mi fantasía particular de futuro.


martes, 5 de junio de 2018

Nubes perennes


Me gustan las nubes que no se sosiegan,
Porque hasta las más robustas son intangibles
Porque con el calor al formarse son invisibles
A su disolución prados renacen y ríos se desbordan

Miro las nubes y a veces me siento nube
Transitorio, libre, fugaz, etéreo, pasajero.
Retrato la nube y lo transitorio ya es perenne
Irrepetible instante en toda la historia del universo.

Las nubes danzan por un aburrido cielo
Son ejemplo de fusión y desapego
Porque protegen desde su frialdad, celo
Y por su calidez intimidatoria luego.

Tú y yo nubes irrepetibles en todo momento
Reunidas para ser una sola en tiempo presente
A partir de gotas de agua de distantes mantos
Unión inquebrantable ante movimiento permanente.