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jueves, 12 de abril de 2018

Recordar lo olvidado


“Me haces recordar cosas que se me habían olvidado”
Anónimo

La mente humana tiende a completar, unir y dar continuidad a elementos a veces inconexos y hasta opuestos, hace poco leí que está mal dicho “cierra la ventana porque entra el frío”, en realidad lo que pasa es que se escapa el calor, pero la mente establece un continuo frío-calor y le da el mismo peso y valor a sus extremos.

A pesar de que tampoco existe un continuo luz-oscuridad, ya que esta última es la falta de la primera. Perceptualmente también existe la tendencia a unir puntos y percibir elementos separados como si estuvieran unidos, ese es el principio de proximidad, pero también hay un principio de similitud  para que veamos agrupados los objetos similares y el principio de simplicidad, la mente siempre se irá a percibir la imagen más sencilla, menos elaborada, por eso en el ejercicio de mirar las nubes y encontrar formas, nadie dice, veo como un icosaedro o la molécula del ácido desoxirribonucléico, generalmente decimos: veo como un ala, se ve la forma de un conejo, un pez o un ojo, porque tendemos naturalmente a ver lo más simple. De forma similar, el principio de relación entre figura y fondo, nos lleva a confundir el orden de los objetos, el típico ejemplo de si se ve el perfil de dos rostros oscuros frente a frente o un jarrón claro.


Todos esos principios tienen que ver con la percepción sensorial y como metáforas son utilizados por la corriente Gestalt para explicaciones clínicas. Yo creo que tienen mucho que ver con la memoria. Si bien ésta se divide en memoria sensorial, memoria de corto plazo y memoria de largo plazo de acuerdo al modelo de Almacenes de Atkinson y Schiffrin, que desde los años 70 explica el almacenaje y recuperación de unidades de información. Sucede que de acuerdo a ese modelo prácticamente el olvido no existe (aunque el modelo de la película “Intensamente” o (Inside Out) de Pixar y Disney digan que sí, que el olvido es similar a ver cómo se degradan una especie de chícharos hasta hacerse polvo). La verdad es que sigue vigente la afirmación de las abuelas que decían que “lo que bien se aprende nunca se olvida”. El Modelo de los almacenes de memoria, del cual ya he hablado antes en este blog (https://jesusorduna.blogspot.mx/2015/06/zumo-de-melocoton-refresco-de-memoria.html), nos dice que si llegamos a olvidar algo, prácticamente no sabríamos que lo olvidamos, ya que la permanencia de un estímulo en la memoria sensorial es mínima y sólo si le prestamos atención es que pasa al segundo almacén, el de corto plazo y esa información si le damos algún significado, o si la repasamos entonces pasaría al almacén de largo plazo, donde la pérdida de información es mínima, almacén que hasta donde sé, nadie ha aventurado alguna cifra correspondiente a su capacidad, al menos no en dimensiones conocidas como megas, gigas o teras (bytes). 




El modelo de almacenes dice que aquello que consideramos olvido no es más que la falta de claves para llegar al recuerdo, claves es equivalente a llaves, así que en lugar de andar cargando con un sinnúmero de esferitas de información, en realidad lo que traemos es un gigante llavero con llavecitas atadas de manera casi inentendible que nos llevan a la casilla con la información buscada. Veamos un ejemplo: si me preguntaran qué estaba yo haciendo a las 13:30 horas del 17 de agosto del año 2002, probablemente no lo tengo como una película en USB que tomo y empiezo a reproducir con alta fidelidad. En su lugar lo que tengo es un  atado de llaveros que selecciono por año y cuando llego a 2002 algunas de sus llaves me llevan al cumpleaños de mi hija o a los sábados metido en el Instituto estudiando la Maestría, esas pistas son las claves a las que se refiere el modelo de almacenes. Y empiezan el recorrido de lo general a lo particular, así que abriendo esa puerta de sábados estudiando la Maestría, el frame o marco de referencia, me va delimitando las posibilidades, pero recordemos que la pregunta no era más o menos qué hacía yo los sábados a las 13:30, sino con toda precisión, qué hacía yo en esa fecha y hora, el marco de referencia me aproxima a otras puertas como qué módulo estaba cursando en ese segundo año de la Maestría y podría recuperar información de qué maestros tuve, qué compañeros ya habían abandonado las clases…. Y podría deducir aún más para saber con precisión lo que hacía en el día y la hora, podría hacerme de más pistas, como qué coche manejaba en ese tiempo, qué suéter era mi favorito para llevarlo a mis clases, y así especulando llegar al dato preciso, pero de repente se me cruza otra clave que dice cumpleaños de la hija y en efecto, ese fin de semana era su cumpleaños y se ilumina como una escena vívida el pastel de Winnie Pooh y la familia cantando y felicitando a mi hija casi bebé por su cumpleaños. Entonces puedo decir sin temor a equivocarme que ese 17 de agosto a las 13:30, me había salido temprano de clases para recoger el pastel que había mandado hacer con la figura de Winnie Pooh y que tenía que estar antes de las 4:00 que estaban citados los invitados. Y la imagen se vuelve tan clara, que ahora tengo presente su vestido color rosa y el suéter que yo traía puesto, así como los juguetes que recibió de regalo y si me lo preguntaran podría reproducir la lista de invitados que sí llegaron. No por deducción, sino por haber encontrado una clave indudable que me abrió la casilla exacta dentro de ese gran almacén que es la memoria de largo plazo. Y como lo dije, ese gigante llavero que no está precisamente organizado en arillos separados sino en una compleja red de cuerdas atadas tridimensionalmente e intercambiables de lugar, ahora mismo podría seguir “atando cabos” y describir lo que sucedió por la tarde, o un día antes o en cada cumpleaños…. Todas las claves están interconectadas y llevan las unas a las otras, no olvidamos sólo que no tenemos a la mano la clave indicada para cada recuerdo.


Por eso me gustó la frase con que inicia este texto: “Me haces recordar cosas que se me habían  olvidado”, porque implica o que di información suficiente para interconectar claves que no se habían enlazado apropiadamente o porque di información suficientemente emotiva que llevó a recordar: re-cordare, del latín re-cordis, “volver a pasar por el corazón”.





jueves, 17 de agosto de 2017

Percepción sensorial y voluntad


El lenguaje de máquina o lenguaje de computación utiliza desde su origen electrónico, el sistema binario, aquel en el que solo existen ceros y unos, cuando explicaba yo esto a los alumnos de introducción a la computación, era muy sencillo: los humanos usamos el sistema decimal porque nos ha sido fácil contar con 10 elementos (dedos de las manos) y cada que se cumple ese ciclo aumentar una cifra, de forma tal que todo número al infinito, se compone de ciclos de 10, así las computadoras al contar sólo con encendido y apagado, sus número se representan por cero y uno, uno y cero, 01, 10, 11, 100, 110, 111, 1000, etcétera. Esos ceros y unos son llamados bits y se agrupan de ocho en ocho para formar bytes y si llegan al millón son megabytes, luego gigabytes y terabytes. Si esto no parece suficientemente sorprendente, lo sorprendente es aquello que hemos logrado hacer mediante la combinación de ceros y unos, hemos formado, cifras, letras, palabras, párrafos, fórmulas, cálculos, gráficas, imágenes, animaciones, sonidos, videos, videos tridimensionales, sonidos binaurales, ambientes de realidad virtual, experiencias multimedia y multisentidos, pero todo se origina en cómo hemos combinado esos ceros y unos que es el lenguaje básico que operan los procesadores centrales de las computadoras u ordenadores.

Un escéptico podrá decir que no existe esa realidad virtual que sólo son ceros y unos y que no existen las imágenes, audios, simulaciones, que todo son ceros y unos, en parte tendría razón.

Un escéptico fuera del ámbito de la computación podrá decir lo mismo sobre sueños, fantasías, religión, creencias, leyendas, fenómenos paranormales, alucinaciones, poesía, música y pintura. Todo puede reducirse a interconexiones eléctricas y procesos químicos entre células denominadas neuronas y que lo que alcanzamos a percibir y recordar no es realidad, sino un fragmento de código lanzado por un emisor y captado por un receptor. De hecho existe toda una teoría conspiracionista que sostiene que aquello que vemos como realidad es una simulación digital, sus adeptos dicen que lo pueden probar aunque pronto se hará visible al entendimiento de todas las personas.

Lo que yo sé es que tenemos la capacidad de elegir y que podemos seleccionar un conjunto de sonidos y silencios o llamarle música, podemos creer que un arreglo de palabras comunes en sentido figurado, sólo son letras organizadas en párrafos de cuatro líneas que riman o llamarle poesía y que unos colores fijados a un lienzo tienen un código pantone o representan una imagen capaz de producir sentimientos diferentes en diferentes espectadores.

Alguna vez compartí una imagen de las nubes y le llamé arpa celestial, una amiga extrañada me decía que no veía el arpa solamente las nubes con unas rayas por la sombra que otras nubes producían, pero otra amiga dijo: yo me quedo con tu arpa Jesús. Nuestra percepción e interpretación también está matizada por nuestra voluntad. En otro momento publiqué una imagen de la luna llena y anoté “de niño sospechaba que la luna me seguía al caminar, hoy lo confirmo” y un amigo en una reunión al saludarnos, dijo ahí viene el que cree que la luna lo persigue.



También sé que la vida sería muy aburrida en caso de que nuestra realidad sea una simulación virtual y más aburrida si nos encontramos con su código escrito en sistema binario, si ello llegara a ser cierto, de todos modos elegiré verlos como algo más divertido, a colores, con movimiento, danzando, organizados en tonos para escuchar beeps como musicales y transformados en palabras que rimen al final o en prosas que estimulen la imaginación o secuencias de imagen que cuenten historias y si todo cayera al final, comprimir sus restos para convertirlos en escultura.