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jueves, 3 de mayo de 2018

Del día del niño al día de las Madres

Hay 240 horas entre el día del niño y el día de las madres, plural y singular mal aplicados, porque niños hay muchos y madres sólo hay una, orden inverso, porque no hay duda, primero fue la madre y después los niños. Existe un lapso entre dichas celebraciones que son muy particulares, en mi caso, son días en los que parece que el tiempo se detuvo, que no hay eventos mayores ni cargas de trabajo, son como días vacíos, sin sol, sin viento, sin lluvia, al cabo del tiempo son como un hueco en la memoria, como cuando el tren del que eres pasajero, pasa por un largo túnel, nada que ver, sólo ruido blanco que escuchar del exterior, invitando a cerrar los ojos y mirar hacia dentro, observar, dialogar al interior. Hace algunos años, ese lapso fue llenado por una dolorosa pérdida, minutos antes de terminar el día del niño, mi madre dio su último aliento, transcendió hacia otro plano como se dice en los ambientes holísticos. (http://jesusorduna.blogspot.mx/2013/04/tienes-que-ser-un-nino.html ) de ese 30 de abril al 10 de mayo, como dicta la religión que siempre practicó, oramos cada noche, haciendo el levantamiento de cruz, es decir, la ceremonia de cierre absoluto del ciclo doloroso por su partida, exactamente en fecha que cada año le habíamos llenado de felicitaciones, regalos y alegría. Empezaba una orfandad adulta para todos los hermanos, hermanas, nueras, yernos, nietos, amistades y amigos de los amigos, una orfandad extendida a quienes la conocieron. Y dando paso a ese lapso que cada año se repite: los 10 días entre ambos festejos.

Una de las leyendas que contaba mi madre, era que cuando estuvo en el hospital por mi nacimiento, en aquel hospital público y en pleno boom de la explosión demográfica que marcó a mi generación, en el cuarto que compartía, estaba una señora que había tenido trabajo de parto al mismo tiempo, pero que desafortunadamente el producto no llegó a buen término, odiosas palabras, pero no hay manera de suavizar el término de que su bebé no nació vivo. Sin embargo, mi madre y esa compañera se estaban recuperando al mismo tiempo, vecinas de cama de hospital como eran, conversaban y al momento de recibirme como bebé de parte de la enfermera, aquella señora de al lado le pidió que por unos momentos le permitiera tenerme en sus brazos, y así fue, la señora ante su propia pérdida y conmigo en brazos, esbozó algunas palabras como que todas las bendiciones que corresponderían al hijo que no se logró, pedía que fueran añadidas a las que yo ya tenía. Nunca más tuvo contacto alguno con esa mujer, ni yo, pero sea realidad o no, como lo contaba mi Madre, me convenció o al menos sugestionó de lo doblemente afortunado que podía ser yo en la vida.

Recientemente dentro de una meditación guiada con el tema también de reencontrar a tu niño interior, la sugestión casi hipnótica me lleva ante un lago en que como si fuera espejo dejo de ver mi figura de adulto y miro al niño que fui, le sonrío, lo abrazo, le pido disculpas por sus entusiastas sueños que el camino fui dejando sin cumplir, pero también por los que sí logré aunque se hayan ido flexibilizando con el tiempo.

Pero entre las fantasías del adulto, que son resabios de las del niño y que son de lo más estimulantes para el hemisferio derecho, están los viajes en el tiempo, que por cierto, los sigo considerando la deuda que la ciencia formal tiene aún con nosotros desde la ciencia ficción (http://jesusorduna.blogspot.mx/2014/08/el-futuro-alcanzado-por-el-presente-lo.html ).

Así que, estimulado por la meditación e hipnosis y sobre estimulado por la fantasía de los viajes en el tiempo, luego de acercarme al niño delgado de pelo rizado, bien portado, de inquisitiva mirada combinada con cierta timidez y que no se deja abrazar sin demostrar soterrada desconfianza. Me pregunto, en caso de que los viajes en el tiempo algún día sean posibles, ya contaríamos con las evidencias de viajeros que han ido al pasado, entonces busco situaciones en las que un adulto me hubiera querido dar ese abrazo no solicitado o el momento en que la presencia de ese adulto del futuro haya sido necesaria para su niño del pasado, por supuesto que esto generaría todo tipo de paradojas en el tiempo, pero si algo nos ha enseñado el avance de la ciencia es que para que funcione debe acompañarse de suficientes reglas de ética y respeto al humano, al entorno y otros seres vivos. Por tanto, en caso de viaje de ese adulto para visitar al niño que fue, sólo podría darse bajo estrictos protocolos de seguridad e inocuidad y especialmente ser sobradamente más inteligente quien realiza un viaje desde el futuro que su destinatario del pasado. Dada la imagen que tengo de mí mismo cuando niño: con pensamiento perceptivo, analítico y sintético, me he puesto a revisar en los recovecos de la memoria, cuál podría ser el momento propicio para una visita desde el futuro, que cumpliera con condiciones como: tratarse de una fecha significativa, ya que eso es lo que facilitaría una cita en el lugar y hora exactas, una circunstancia de multitud o de absoluta soledad, con esto se mitiga la presencia de testigos directos y con toda seguridad una circunstancia con punto de fuga, es decir, una posibilidad amplia para abortar la misión, si el visitante del futuro se sintiera descubierto y pusiera en riesgo la línea del tiempo, deberá desandar sus pasos, eliminar toda huella y salir sin ser percibido. Bajo dichos criterios recuerdo dos situaciones: una de ellas cuando yo tenía cuatro años, mi hermana mayor me llevó a una clínica de salud pública, seguramente me tocaba una vacuna, aún no amanecía, por cierto, nunca me ha gustado estar fuera de mi cama si el sol no se ha hecho presente, ya en la sala de espera, tuvo que ir al baño y para no dejarme solo, le pidió al hombre que estaba a mi lado derecho que me cuidara durante unos minutos, lo recuerdo como alguien cuya apariencia no quisiera yo tener en el futuro, un hombre de barba blanca, desaliñado y que desde su silla sin tener que levantarse, me abrazó con su brazo izquierdo sobre mi delgado hombro, un abrazo fugaz, pero que lo recuerdo tantas décadas después y más recuerdo el olor entre metálico y polvoso como de cal reseca que tenía en sus manos, frente a nosotros estaba un ventanal y como aún no había amanecido, por la oscuridad de afuera veía yo su reflejo, nunca volteé para verlo directamente, nunca hubiera podido hacer su retrato hablado porque la memoria almacena más emociones que imágenes, la primera es muy vívida pero la segunda borrosa.

La siguiente vez que recuerdo una sensación similar, tenía no más de cinco años, porque era mi último año en el kínder, era común en esa Ciudad de México casi rural de mediados de los años setenta del siglo pasado, que las maestras organizaran paseos con su grupo de casi 40 niños, así sin mayores medidas de seguridad ni de transporte, muchas veces sin avisarle a las mamás, porque se trataba de una salida corta a un parque cercano y los juegos y canciones que se organizaban ahí eran los mismos que dentro del salón, pero los alumnitos agradecíamos el ambiente ajardinado y la cercanía con los columpios. La maestra Elvira simplemente organizaba una fila de niños y una fila de niñas y que entre ellos se tomaran de las manos para que cada uno cuidara de la otra y viceversa, el regreso era muy sencillo, se tomaban de nuevo de las manos y así en dos filas, recorríamos las 12 o 15 calles que separaban nuestro kínder del parque. Esa ocasión, yo me distraje, pues como ya me sabía todas las canciones y juegos, me separé del grupo, me puse a jugar o explorar en solitario, al fin de cuentas tenía a la vista a la maestra y a mis demás compañeros. No supe cómo fue que pasó el tiempo, al regresar la vista no había compañeros ni la maestra que los conducía, caminé extrañado y como en un laberinto de árboles y arbustos, con los tenis blancos enlodados y las rodillas verdosas por el pasto, en un banco del parque, ahí estaba él, me miró a los ojos y me sonrió, con mucha paz y como si me conociera de algún lugar que yo no recordaba, me señaló el lado opuesto al que yo me dirigía, vi dar la vuelta a los compañeritos del final de la fila y corrí, el regaño de la maestra Elvira era preferible a la sensación de sentirme extraviado, volví la vista y ahí estaba ese hombre de rostro familiar pero con toda certeza desconocido, no había quitado su mirada de mí y su sonrisa que expresaba un “¿ya ves? No hay problema”.

 La bondad de la maestra Elvira para uno de sus alumnos consentidos, casi se trastocaba, pero no fue así, me miró como diciendo “¡me preocupaste!, pero es un alivio ver que te integres tarde a la fila a tener que explicar a tu mamá que esta semana fue su hijo el que no regresó del parque”, todo eso me dijo con un gesto de tres segundos.

No recordaba completa esa mañana que casi me extravío en el parque, ni el señalamiento del extraño para indicarme la dirección a la que me debería encaminar. Hasta que hice la meditación guiada “Tu semilla y tu niño interior” de la Terapeuta Holística Diana Mathes (para conseguir discos de la meditación, contactar a https://www.facebook.com/frecuenciaangelical444/ y https://www.facebook.com/diana.mathes.9 ), esa dinámica hipnótica me llevó a buscar y encontrarme con mi niño interior, me hizo recordar esa ayuda que tuve de un extraño con que sólo me indicara la dirección en la que debería ir, que detona la fantasía de los viajes en el tiempo y el paradójico encuentro contigo mismo. Tampoco podría asegurar que mi ángel de la guarda tomó forma, para cuidarme, lo único que tengo seguro es que se trató de esas bendiciones adicionales que me fueron obsequiadas al nacer. Y que me son más evidentes en ese periodo que da lugar a eventos extraordinarios, entre el 30 de abril y el 10 de mayo, de cada año, exactamente a la mitad de la primavera.










viernes, 17 de febrero de 2017

El sabio, el vidrio, la plata y el silicio.


Sí, todo cambio es bueno, lo único que no cambia es el cambio, moverse o morir, no estancarse, no detenerse, frenéticamente pasar, no disfrutar el momento presente, porque el siguiente paso ya se tiene que dar, no reflexionar la noticia de ayer, sino ver las noticias del momento aunque sean más superficiales, eso ya fue, lo que está “in” y lo que está “out”. El caso es que el pecado es el pasmo.

Contra los hábitos “fast-food”, salió la opción del “slow-food”, contra la opción de llenar el tanque de gasolina y seguir corriendo, aparece la verdadera necesidad de saborear y hacer sobremesa. Aquellos que van por la autopista a toda velocidad y ni siquiera tienen a qué llegar, o quieren hacer menos tiempo que el recorrido anterior, pero ni siquiera les beneficia llegar antes, es decir, la paradoja de querer llegar antes, aunque no se sepa a dónde.
Lo que se consideraba disfrutar el recorrido se ve ahora como la tortura de la tardanza en llegar, necesitamos llenar cada uno de los espacios con música, con aplicaciones de entretenimiento, con juegos, con interminables y poco sustanciosas conversaciones telefónicas o vía mensajes. Evitar al otro, evitar conversaciones, buscamos un aislamiento de contactos personales, pero mendigamos “likes” y vistas a nuestras publicaciones y auto fotos. Hace pocos años por cuestiones y presiones de trabajo tuve que ir a Guadalajara, manejé desde las 5:00 de la mañana para llegar allá como las 11:00 y medio comí después de la reunión para manejar de regreso, para la noche ya estaba de nuevo en la Ciudad de México, sin embargo, de niño me llevaron a Guadalajara en tren y es uno de los viajes que más recuerdo, medio día en los asientos y recorriendo del carro comedor a las puertas, ir despidiéndome de las personas que en el camino veía y que también levantaban su mano para saludar a mis hermanas y a mi, el otro medio día en camas que se desdoblaron desde las paredes de la cabina donde íbamos y era continuar el camino durmiendo, toda una experiencia que sólo la repetiría años después en Europa, pues aquí los pocos trenes que quedan se utilizan para carga, no para pasajeros (honrosa excepción el Chepe a las Barrancas del Cobre en Chihuahua), pero si comparo aquel viaje en tren versus la ida por trabajo en coche, en el segundo fui y regresé en la mitad del tiempo que representó sólo la ida del primero.

Todo es volátil, la información, la broma, el video, la ocurrencia, el meme, así como queremos llegar primero que antes aunque no sepamos a dónde, queremos ser los primeros en repetir la noticia o el clip de video que se convierte en viral, para que cuando alguien lo comparta podamos decirle que ya lo habíamos visto, es más, que ya conocemos la parodia y las réplicas, le hemos ganado al otro: Vacua victoria.
Hay un efecto de percepción que cada vez más me comenta la gente, lejos del formalismo “¡cómo ha pasado el tiempo!”, vienen a decirme como si una epifanía sucediera, -¿te das cuenta que llevamos x número de años de conocernos? (aunque en esos 20 años nos hayamos comunicado una o dos veces.). ¿no sientes como que se fue muy rápido este año?, ¿ya viste que sólo falta x número de meses para termine otro año?, -hace como tres años que no nos vemos…… (y en realidad son nueve).

Sucedió que tuvimos un periodo en que se nos ofrecieron juguetitos, artilugios, dispositivos o gadgets, que nos invitaron a no mira a los demás, y peor aún, tampoco mirar hacia dentro, hemos pasado años consumiendo nuestra vista, concentración y memoria en pantallitas de dispositivos móviles, que nos han generado la ilusión de poder sustituir la realidad por lo virtual, para qué voltear a ver el cielo si la aplicación del clima nos dice cómo está y un pronóstico a varios días. Ya no memorizamos números telefónicos porque el dispositivo inteligente nos lo recuerda, ordena y planea las llamadas. Hace tiempo cuando alguien me decía que le llamara, yo le decía dame tu número telefónico y me preguntaban si no lo iba apuntar, yo me ufanaba de decir que no era necesario que ya me lo había aprendido, a diferencia de hoy que con trabajos me acuerdo de mi propio número.

Entre esta memoria imprecisa y sobresaturada, recuerdo mucho un cuento sobre un sabio y un espejo, no tengo presente dónde lo escuché o quien me lo contó, pero dice así:

Se cuenta que una vez un hombre muy rico fue a pedirle un consejo a un rabino...
El rabino lo tomó de la mano, lo acercó a la ventana y le dijo:
- Mira. El rico miró por la ventana a la calle.
El rabino le preguntó:- ¿Qué ves?.
El hombre le respondió: - Veo gente.
El rabino volvió a tomarlo de la mano y lo llevó ante un espejo y le dijo:
- ¿Qué ves ahora?.
El rico le respondió:
-"Ahora me veo yo".
-"¿Entiendes?, dijo el rabino.
En la ventana hay vidrio y en el espejo hay vidrio. Pero el vidrio del espejo tiene un poco de plata.
Y cuando hay un poco de plata uno deja de ver gente y comienza a verse solo a sí mismo".

La moraleja tenía que ver con vivir para el dinero, ser su esclavo y que tan fácil uno deja de compartir, así como restarle al otro su dignidad y valor.


Imagen tomada de https://sanacionholisticasalamanca.files.wordpress.com/2014/08/nuestros-espejos.jpg

Me hubiera gustado que el rabino en lugar de espejo le hubiera mostrado una Tablet o un Smartphone, al preguntarle qué ve en comparación con el vidrio, el rico hubiera dicho, veo realidad virtual, cosas que no existen pero que son más bonitas que las reales, veo aplicaciones que dan soluciones, pero no oportunidades de pensar y veo realidad aumentada alterado todo a mi alrededor pero sólo en la pantalla, ilusiones pues.

El rabino (que en teoría manejaba gadgets de última generación) le hubiera dado la siguiente lección:

Cuando viste el espejo que es un vidrio con plata ya no veías a los demás, pero cuando veías la Tablet que es un vidrio con silicio y cobre, ya tampoco te ves tú, ves situaciones y objetos que no existen y ves cómo se altera tu percepción del entorno.



La moraleja del hombre sabio (que no la mía) sería, usa el vidrio para ver a los demás, el espejo para verte a ti mismo y los artilugios tecnológicos para enriquecer y fortalecer tu realidad, pero úsalos con moderación y equilibrio; apaga los artilugios y contacta tu realidad, retira el espejo y deja de verte sólo a ti mismo y quita ese vidrio para no sólo ver a la gente, sino para contactarla y conversar. Con calma y disfruta nuevamente con calma el paso del tiempo.


Colofón Tolkieniano:

El Hobbit de Tolkien, vivía en su agradable agujero hobbit, con todas las comodidades y comidas a sus horas, añoró muchas veces la estancia en ese agujero de confort, pero no fue hasta que salió de ahí que empezó a vivir las aventuras de su vida así como descubrir y adquirir sus potencialidades.  El equilibrio está en vivir el momento, disfrutar el presente que nunca volverá y dejarlo atrás, pero sin prisa.