domingo, 6 de mayo de 2012

LA UTILIDAD DE UN DEBATE DE UTILERÍA


Ejercicio de la democracia lo llaman, el debate como exposición y confrontación de ideas para un electorado maduro, hoy debería dejar de ser un espectáculo de televisión para convertirse en una auténtica confrontación de modelos y paradigmas para gobernar nuestro País, esto lo escribo previo al debate del domingo 6 de mayo en la Ciudad de México.
De tan reducidas expectativas es este debate que la mayor discusión y espacio en los medios tanto los masivos como las emergentes redes sociales versa sobre si se debe transmitir en cadena nacional en horario estelar y en los canales de televisión de mayor audiencia, no sobre los contenidos, sobre el formato, sobre la participación, las propuestas ni sobre contrastar el gobierno que se espera. Por un lado una de las televisoras programa su partido de liguilla del futbol inusualmente en ese horario, generando en la otra televisora que lo baje a un canal de menor audiencia, claro desprecio para la madurez democrática, pero el extremo de una cadena nacional (es decir, todos los medios enlazados y sincronizados para transmitir exactamente lo mismo en el mismo tiempo), tampoco es una muestra de madurez, pues ¿cómo podemos llamar un electorado maduro aquel que no se le puede dar la opción de elegir ver o no el debate?
¿En verdad un debate entre candidatos presidenciables será definitorio para cambiar las preferencias de la población?, tenemos una tradición de voto duro que no cambiaría su orientación ni con cien debates en los que se demostrara la efectividad o no de las propuestas de su candidato. Existe en contraparte el electorado intelectual, profundo y estudioso al que la superficialidad de un debate no lo haría cambiar. En el punto medio aquellos que su único criterio para elegir su presidente sea el papel que desempeñe en este debate, tendrá un par de meses para decidirse atendiendo a algún otro detalle que haga brillar o que opaque al candidato de su elección.
Nuestra formación básica no nos enseña a debatir, a confrontar respetuosamente ideas, nuestra tradición a partir de la revolución de 1910, nos ha dejado claro que no hay argumentos más contundentes que un “cañonazo de 50 mil pesos” y que las diferencias mayores se dirimen con plomo, a lo que más llegamos es a concursos de oratoria, donde se valora la seducción al público antes que las ideas.
El debate entre los candidatos a la presidencia de la república, por si fuera poco, se enmarca en la televisión, llamada caja idiota o referida por uno de los dos dueños de la televisión en México como el medio “para divertir a los jodidos”, un medio donde los tiempos estan perfectamente cronometrados, acartonados, y en donde una gran producción nos ha llevado a la ilusión de paisajes, planetas, eventos que no existen, a terrenos prehistóricos a hundimientos de barcos, a personajes gigantes así como mundos microscópicos, por eso tanto se menciona la “magia de la televisión”, capaz de fabricar certezas a partir de ilusiones.
En ese marco se presenta un debate acotado por reglas de orden de aparición, de temas exclusivos a manejar, de límite en cuanto a réplicas, de recursos a utilizar y de presión para la objetividad a toda prueba de un moderador, bajo reflectores, sin público, más solo que un boxeador, pero más vestido y sin espíritu deportivo. En mi caso, cada vez que me han puesto una cámara de televisión al frente me siento ante un ojo de dimensiones desproporcionadas y bajo una ilusión de ser visto por tantas personas, bajo tantas diferentes circunstancias y perspectivas, que generalmente el aire se me va en las primeras palabras, ese lente es como un túnel a la inmortalidad: trascenderá uno por lo bien que se desempeñó en esos segundos o será la burla para siempre por el ridículo hecho y prácticamente no hay punto medio entre esos dos extremos, excepto aquel llamado “sin pena ni gloria”.
Tantos reflectores encima y tantos análisis posteriores, inmediatos y hasta simultáneos, casi con alfombra roja, lo único que me hacen pensar es que el debate pasa a ser algo secundario, pues estaremos pasando a los candidatos por el tamiz de la estética, de la llamada presencia, de la llamada personalidad, simpatía, desempeño actoral, postura, vestimenta, maquillaje, voz, gesticulación, ademanes, aspavientos y errores. Todo esto en un medio como la televisión hecho para lucir y vender la imagen e ilusión, dejará muy poco para el contraste de ideas.
Y si parezco desilusionado previamente por este ejercicio, es porque las experiencias anteriores, me han desilusionado también: en primer lugar ni siquiera se daban los debates frente a frente, durante 70 años no fueron necesarios, y los siguientes 12 no fueron definitorios, es decir, son subutilizados. Recuerdo aquel debate donde a Ernesto Zedillo se le cuestionó intensamente por el pasado del PRI y durante su participación se limitó a leer las propuestas para su gobierno, evadiendo la réplica y rebajando el debate a simple soliloquio. El caso más afamado fue Diego Fernández de Ceballos que con la espada desenvainada y espectacularmente aguerrido, quiso poner a sus contrincantes entre la espada y la pared para que en las giras subsiguientes lo anunciaran como el ganador del debate, pero no apostó a más estrategias y esa supuesta victoria en el debate no sirvió para llevarlo a la presidencia. Un Cuauhtémoc Cárdenas sorprendido por argumentos en su contra y conminando al PAN  que no lo atacara, que el enemigo común era el PRI. En otros ejercicios es memorable la participación de Francisco Labastida argumentando a manera de acusación por mala conducta a Vicente Fox por haberlo llamado con adjetivos diminutivos y peyorativos, que por cierto le abonaban en simpatía a Fox, simpatía que de poco sirvió para consolidar sus propuestas.
La desilusión no es por el debate en sí, es por lo cara que nos cuesta la democracia para acciones inocuas, tanto gasto en un evento más televisivo que productivo, tan maniatado y limitado.
Más productivo sería una serie de debates, con un formato libre, temáticos, regionales, para diferentes sectores, ampliamente difundidos, por ejemplo en una ciudad del norte, del País, exigirles a los candidatos hablar de seguridad y migración. En un puerto ponerlos a hablar de transportes de mercancías y personas, de actividades productivas, aduanas y aranceles. En una ciudad del centro propuestas económicas, poblaciones, culturales educativas; en el Sur, desarrollo sustentable, campo, prevención de desastres, sólo por dar unos ejemplos. Se justifica la obligación de los candidatos desde el momento que sus partidos reciben prerrogativas del erario, un árbitro electoral no debería gastar en vigilancia, sino en proponer agenda y asegurar como producto de calidad una democracia real y participativa.
Y a la pregunta de ¿si veré el debate de mañana?, Si, con todos sus defectos y proceso de evolución esta es la cultura democrática que tenemos y no se puede desdeñar. A pesar de ser de utilería, no es del todo inútil.

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