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miércoles, 31 de mayo de 2017

Un ser de luz que estudiaba en la UNAM

Ella tenía mucha luz, era un ser luminoso, en el primer semestre en clase de lógica simbólica y semántica, respondí correctamente los silogismos hipotéticos, dándome a conocer ante el nuevo grupo como quien, una de dos: o estaba recursando una materia ya vista o había estudiado las lecturas antes de que el profesor lo indicara. En realidad, había tomado unos cursos de programación en lenguaje de computadora y se me facilitaban los razonamientos si… entonces…. (if …. Then). Esa participación en clase, hizo que ella se acercara a mí, -Oye, no entendí absolutamente nada, ¿podrías ayudarme con los ejercicios que vimos hoy?. No tenía yo nada mejor que hacer, es decir, ir al gimnasio al estadio de los Pumas, la única hora antes de tener que irme a trabajar, no era algo mejor. Fuimos a la biblioteca, que para quienes la conocieron a finales de los años ochentas, era ruidosa, muchas mesas para trabajo en equipo y algunos cubículos de silencio, para quienes no podían trabajar con ruido, así era la biblioteca de la Facultad de Psicología, le expliqué todo lo que sabía de silogismos, o sea de esa primera clase de silogismos y el resto de la hora estuvimos hablando de nosotros, de dónde habíamos estudiado el bachillerato, de su expectativa en Psicología social, de su admiración por algunas ideas neo hippies, de su atuendo con algún chaleco con bordados oaxaqueños, un arete con forma de atrapa sueños, sus quejas sobre la comida industrializada, su preferencia por el aroma patchouli y sus pulseras tejidas de hilos con grecas autóctonas.

Me contaba que la mayor parte de su vida la pasó en el norte de la Ciudad y que poco conocía Ciudad Universitaria, yo que la conocía desde niño y tenía anécdotas de futbolito en las islas y haberme mojado con las válvulas de riego y los espejos de agua de la biblioteca central, le ofrecí ser su guía.

 Imagen tomada del Álbum "Islas y Nubes" de https://www.facebook.com/media/set/?set=a.10151133938165762.465371.743800761&type=1&l=d9b72bb006 

Pasaron los días y caminábamos a alguna de las explanadas de otra facultad, los edificios con murales, los trámites que tenía que realizar en rectoría, lo ridículo de los costos de inscripción y reposición de credencial, su enojo ante razonamientos como –cuesta más el recibito amarillo que lo que se paga de cuotas, mejor que quiten la papelería de cobros. Yo le explicaba las andanzas que habíamos tenido que pasar en la huelga de 1986 para evitar que las cuotas volvieran inaccesible nuestra máxima casa de estudios y las discusiones nos llevaban siempre algunas horas de largas caminatas, muy en el fondo no me importaba si tenía razón o si sus argumentos tenían mayor fundamento, los míos tenían más lógica y eso bastaba para mirarla obtener un triunfo y luego una derrota de ideas. Me gustaba, me gustaba que compartiéramos el tiempo, que frecuentemente voltearan a verla y un poco a mí por ser quien acompañaba a esa bella estudiante, de abuelos de origen europeo y que lucía sus llamativos toques hippies en su atuendo, a ella le gustaba que le mostrara yo los caminos que bien conocía de toda la Ciudad Universitaria y que para la tarde regresáramos a la Facultad, yo porque tenía que irme a trabajar y ella porque esperaba a su novio que terminaba de tomar clases en la vecina Facultad de Filosofía.

Al otro día si las clases terminaban temprano, el plan era ir a conocer el espacio escultórico, en un camino más largo, pero un destino más presumible. Era una gratificante amistad, de esas en que a uno le gusta ella, pero conociendo que tiene novio, está vedado cualquier otro rumbo.


Un día, ella terminó con su novio, la vi sufrir un poco, pero al poco tiempo regresaron y se  reinstaló en su equilibrada vida de libros, tareas, novio, amigos. Dos semestres después nos habíamos distanciado un poco porque la carrera exigía que complementáramos las clases con prácticas de laboratorio y no coincidimos en ninguno. Uno o dos semestres más adelante, por alguna tarea en equipo estuve por la tarde en la facultad (yo trabajaba por las tardes así que prácticamente nunca estaba yo por ahí en esos horarios) y me la encontré, pensé que iba a comprarse su cigarro suelto en el puesto de los dulces y la alcancé, ya no tenía el brillo y la luz en su rostro, un poco demacrada y con mucha prisa, en pocas palabras, me dijo que estaba retomando la carrera, que se ausentó un año por que se embarazó y que el Papá de su hijo, aquél que estudiaba en Filosofía, la dejó sola, el año anterior dio a luz a su bebé y ahora estaba recursando las materias a las que ya no pudo asistir, dijo –“compermiso” y la ví cruzar a toda velocidad la explanada para retirarse, con toda seguridad tenía que ir a atender a su bebé. Mientras la miré retirarse, ya sin el halo luminoso y las miradas que la perseguían  un par de años atrás. Me resonaban sus breves palabras “el año pasado dio a luz a su bebé”, en realidad no dio a luz, sino como estafeta, transmitió su luz al bebé. En esa edad un embarazo no multiplica la luz, sino que la consume.
 Imagen tomada del Álbum "Islas y Nubes" de https://www.facebook.com/media/set/?set=a.10151133938165762.465371.743800761&type=1&l=d9b72bb006 


Gracias a las redes sociales, supe de ella 25 años después, me enteré que sí terminó la licenciatura y se desarrollaba a nivel gerencial en una transnacional, su hijo ya estaba graduándose con honores y ella mostraba de nuevo esa luz recuperada, ganada con un mayor  esfuerzo y sintiéndose doblemente realizada, su inagotable luz sólo se había opacado para resurgir con mayor intensidad.
 Imagen tomada del Álbum "Islas y Nubes" de https://www.facebook.com/media/set/?set=a.10151133938165762.465371.743800761&type=1&l=d9b72bb006 


martes, 8 de marzo de 2016

Día Internacional de la Mujer y el PUEG

Entre mayo y junio de 1990, se celebró el Magno Congreso Universitario de la UNAM, donde después de una Huelga, se había convenido, discutir la estructura de la Mayor Universidad del País y transformarla para su futuro (nuestro futuro). Me referiré ahora sólo a la anécdota que tiene que ver con el día Internacional de la Mujer. Yo era el representante de la los estudiantes de licenciatura de mi Facultad y me tocó estar en las discusiones para transformarla.


Una propuesta que esperaban fuera por consenso, era la Creación del Programa de Estudios de la Mujer, pero no fue así, hubo dos votos en contra, el del director de la Facultad de Odontología y el del estudiante de la Facultad de Psicología (yo), los medios y las críticas se fueron contra El director de esa facultad, pero mi posición ya en ese entonces era que no deberían las intenciones de reivindicar, superar y lograr la equidad entre hombre y mujeres dirigirse con hacia uno sólo de los géneros. No tuve muchas oportunidades de expresar mi argumento, pero yo sabía que un día tendría un blog en el que me podría expresar libremente, así tuviera que pasar un cuarto de siglo para hacerlo.  El tiempo me daría la razón, y no tan tarde: en 1992, la UNAM creó su Programa Universitario de Estudios de Género, que en la Misión tiene “.. contribuir al conocimiento y transformación de la relación entre hombres y mujeres, a través de estrategias y propuestas académicas que atiendan a las demandas y problemáticas sociales desde una perspectiva multidisciplinar, promoviendo la construcción de la equidad y la democracia de género. Vincula los esfuerzos intelectuales, metodológicos y técnicos de personas y grupos que trabajan desde la perspectiva de género, dentro y fuera de la UNAM. Fomenta el más alto nivel académico en la investigación, docencia, extensión y difusión de la cultura.  (http://www.pueg.unam.mx/index.php)



Así que este 8 de marzo, en lugar de una malentendida felicitación a las mujeres, prefiero recordar, que el trabajo no es sólo por ellas, es por la equidad y democracia de género.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Terremoto de 1985, ya nada es igual.


Eran los años ochentas, nos encantaba hacer chistes sobre la contaminación ambiental, pero nada hacíamos al respecto, nos entretenía hablar de desastres naturales, pero vivíamos al límite, apenas se empezaba a hablar de una enfermedad llamada SIDA, pero antes que prevenir, se hizo una canción, y así le cantábamos al SIDA igual que años después al chupacabras, era nuestra zona de confort, nuestra cómoda situación,  a poco tiempo de que México sería sede del mundial de fútbol y las devaluaciones del peso parecían anécdotas de conceptos macroeconómicos que poco nos impactaban en el bolsillo, en la vida diaria, (estábamos a ocho años de que se le quitaran tres ceros al peso, así que hablar de comprarse un libro de doscientos cincuenta mil pesos, no sonaba oneroso), la conciencia colectiva pues, andaba por pasar de la inocencia de la infancia al choque con la realidad del adolescente. Precisamente fui de esa generación que la adolescencia nos tocó vivirla en los años ochentas, así una mañana de un día, de un mes casi cualquiera, nos despertamos con una agitación de la tierra, el temblor de las 7:19 de la mañana del 19 de septiembre de 1985. De mi experiencia personal, no hay mucho qué decir, iba yo en el segundo año del bachillerato en el CCH Sur de la UNAM y faltaba una o dos semanas para que iniciaran las clases, así que ese día sin necesidad de levantarme temprano, sentí el temblor en mi cama individual y luego de escuchar alboroto y susto de mi madre y hermanas, abrí grandes los ojos, esperé a que pasara y como se fue la luz, me acomodé de nuevo y seguí durmiendo. La fortuna de vivir en el sur de la Ciudad de México a unos metros de la Ciudad Universitaria de la UNAM, nos dio esa firmeza de un suelo formado por sólida roca volcánica. Como adolescente de vacaciones que eran mis circunstancias, me desperté cerca del mediodía y quizás esa fue la última siesta tranquila de mi vida. Mi despertar se había unido a un despertar de toda la gente, la sociedad, la conciencia colectiva.

Al regresar la energía eléctrica y poder encender la radio o la televisión, empezaron a salir datos, que confirmaban los rumores de la gente en la calle:

Tembló muy fuerte: (terremoto de 8.1 grados Richter)
Se cayeron muchos edificios ( 757)
Hay muchos edificios dañados ( 1,381)
Se afectaron escuelas (1,294)
Se rescataron personas vivas entre los escombros (4,000)
Hubo miles de muertos (Indefinido, aunque oficialmente se manejaron de seis mil a siete mil)
Se esperaba una organizada y protectora acción de gobierno (nula)

Más de un día después apareció en medios el presidente Miguel de la Madrid Hurtado  a dirigir unas palabras (“la desgracia nos ha rebasado”), años atrás cuando hacía campaña para la presidencia y todas la paredes de la ciudad se tapizaron con las siglas MMH, sus opositores decían que eso significaba Muerte, Miseria y Hambre.

Ante el vacío de autoridad, la gente no tuvo más opción, ni más herramienta que sus manos, y quienes ya estaban cerca del centro de la ciudad, no esperaron a llegar a sus trabajos, escuelas, casas, al ver los edificios caídos y sabiendo que no había rescatistas que buscaran a las personas debajo de los escombros, se unieron para levantar los fragmentos que era posible levantar, para ayudar a salir a quien estuviera en condiciones y recuperar los cadáveres de quienes ya no.

Aparecieron toda clase de historias, leyendas, fantasías y realidades, una realidad: costureras que trabajaban en condiciones inhumanas, quedaron atrapadas, entre otras  razones porque el capataz de la fábrica cerraba por fuera para que no se salieran de sus trabajos, leyendas como que en un CONALEP del centro de la ciudad, hubo al menos dos grupos de alumnos que un maestro condujo fuera de sus aulas, apenas iniciado el sismo, los puso a salvo antes de que cayera el edificio, pero nadie recordaba de qué maestro se trataba, ni conocido les había parecido, concluyeron que fue un Ángel que los ayudó. Se afirmó con tendencias conspiracionistas que hubo avistamientos de objetos no identificados sobrevolando el cielo.

El sismo derribó al menos dos hospitales el Juárez, el Hospital General y parte del Centro Médico Nacional Siglo XXI, de ahí quizás lo más emotivo y esperanzador para los rescatistas fue recuperar con vida de los niños milagro, aquellos bebés que días después de estar bajo los escombros, lograron sobrevivir, y año con año, en cada aniversario aparecían en televisión con sus respectivas familias adoptivas, hoy tienen 30 años de edad y National Geographic acaba de hacer un documental sobre el sismo y el seguimiento a esos niños milagro.

Cada vez que rescataban personas con vida, se celebraba al menos con aplauso en medio de aquella tragedia, estaban también aquellos que declaraban haberse rehidratado con sus propios orines. Y ya en el terreno de las leyendas urbanas, se nos dijo a muchos adolescentes que no anduviéramos en la calle, que el ejército estaba llevándolos a hacer trabajos forzados removiendo escombros. Que el ejército resguardó algunas áreas de departamentos para que no siguieran buscando sobrevivientes y declarar muertos a todos los demás, que las ayudas internacionales, por corrupción no llegaban a los damnificados, que no se hicieran donaciones en centros de acopio oficiales, había mucha desconfianza hacia el gobierno. Surgieron los “Topos”, rescatistas que entre la improvisación, semi-organización y corriendo todo tipo de riesgos, se aventaron a escarbar y rescatar víctimas y sobrevivientes, hoy son reconocidos internacionalmente y han participado en rescates por sismos y derrumbes por todo el país y en catástrofes de otros países.

Ese sismo y su réplica de 7.3 grados a las 19:37 del día siguiente, sacudió conciencias, le hizo darse cuenta a la población que es posible organizarse y no esperar todo de “papá gobierno” término ampliamente utilizado anteriormente, a partir de un sentimiento casi desconocido que permanecía adormecido llamado solidaridad, el  ejemplo más sonado por tratarse de una celebridad fue el tenor Plácido Domingo, quien con un casco de obrero y camisa empolvada, pedía que no le quitaran tiempo entrevistándolo, que lo dejaran trabajar removiendo escombros, pues parte de su familia debía estar debajo y no sólo por su familia, aquello que hacía por los suyos, lo hacía por los demás, el reportero alcanzó a preguntarle si no corría peligro su voz, qué tal que ya no pudiera volver a cantar y Plácido Domingo, respondió que no le importaría.

Solidaridad se define como “Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros”, así que ahí donde se veía la tragedia, la catástrofe, la desgracia ajena, dejaba de ser eso, ajena, se volvía propia.

Imagen tomada de http //static.adnpolitico.com/media/2012/03/20/terremoto-1985-6.jpg


Los días pasaron, los casos de rescates con vida fueron aminorando, las noticias alcanzaron a mostrar una retroexcavadora que allá por el cerro del Chiquihuite al norte de la Ciudad hacía una fosa monumental para depositar los cadáveres de miles que ya no era posible identificar.

Hubo qué reconstruir el centro de la Ciudad, demoler los edificios que representaban peligro, se construyó la Plaza de la Solidaridad ahí donde estuviera el Hotel Regis junto a la Alameda central. Y surgieron organizaciones sociales, gobiernos de los estados recibieron a los “sin hogar”, principalmente Aguascalientes, Guadalajara, Querétaro (que sigue recibiendo migrantes de la Ciudad de México, Hidalgo, Estado de México, Morelos, Tlaxcala, Puebla, área que pasó de ser la Ciudad de México y área conurbada para llamarse (excepto Aguascalientes y Guadalajara) la Megalópolis.

El término solidaridad, oportunistamente el gobierno federal lo manipuló y le llamó así a cuanto programa, obra y municipio pudo, pero el aprendizaje ya se había dado, el sismo, opacado un poco después por la fiesta del Campeonato Mundial de Fútbol, nos había dejado lecciones que ya no se olvidarían, tenemos la capacidad de organizarnos, no tenemos porqué depender completamente de la autoridad, que es posible participar y cuestionar las decisiones, que vivir en la zona de confort y en la superficialidad llega a costar la vida. Que debemos estar preparados porque los accidentes suceden y suelen ser impredecibles. Quizás en lo que más tuvimos que avanzar fue en sabernos vulnerables, pero no desamparados, la cultura de la protección civil nos ha permitido sobrevivir a otros eventos catastróficos, donde puede haber grandes pérdidas materiales, pero se reducen los riesgos en las personas.

19 de septiembre de 2015, han pasado 30 años, la naturaleza puede ser implacable, pero en nuestra naturaleza también está la supervivencia, la protección y la previsión. Ya nada es igual.


jueves, 26 de diciembre de 2013

Un Amanecer

En la infancia, cuando todo es una aventura, los días son más largos, nada está planeado y no nos sorprende que la vida te muestre a cada rato experiencias inesperadas, mi Papá nos invitaba a ver un amanecer, él siempre ha tenido una costumbre, casi manía de levantarse antes de las 5:00 de la mañana, eso no lo heredé. Pero aquellos sábados y domingos, sin horario de escuela ni trabajo, llevarnos a un amanecer, era esa caminata a oscuras por la Ciudad Universitaria de la UNAM, que nos quedaba a pocas calles de la casa, especialmente por sus agrestes reservas ecológicas, donde una varita de árbol nos daba el poder de alejar a las telarañas y todos los insectos extraños que rondaban. Un amanecer significaba alejarnos lo más posible de lo urbano para esperar la salida del sol desde un punto cercano al jardín botánico, habiendo pasado por debajo la avenida insurgentes y de lado el estadio de los Pumas. La experiencia tenía que ver con mirar la salida del sol que generalmente era desde un punto entre los volcanes Iztaccíhuatl y Popocatépetl, algunas veces alrededor de las 6:50 de la mañana y otras cerca de las 7:10, yo llevaba reloj y me gustaba registrar números (hablando de manías). El recorrido incluía reconocer entre las plantas salvajes aquellas que eran comestibles, aquellas que tenían un nombre que a los hermanitos nos parecía chistoso: campanolas, tomatoides, biznaga, sábila, cola de zorro, etcétera. El recorrido incluía el reto del adulto contra los pasitos de los niños, su pronto cansancio y distracciones. Un amanecer aveces nos parecía tan simple, que no le dábamos importancia que algunos primos de la edad se auto invitaban, incluso años después, los sobrinos mayores lamentan que ya no les haya tocado ir con su Abuelito.  Muchas veces juntábamos varillas para hacer papalotes y  regresábamos por la tarde para tratar de elevarlos. Mi Papá disfrutaba la caminata, decía que le recordaba su origen rural, aunque mis tías cuentan que dejaron el campo cuando mi Papá tenía escasos tres años de edad. El amanecer terminaba y parecía que nuestro día había sido extendido, regresábamos a desayunar en familia y nos esperaba todo un sábado o domingo que había iniciado con un addendum. En los años recientes he tratado de llevar a mi Papá a revivir un amanecer, pero en primer lugar levantarse alrededor de las 5:00 no está en mi repertorio de hábitos, en segundo lugar la Ciudad Universitaria tiene nuevas construcciones sobre muchas áreas que eran reserva y las que quedan como tales, tienen ahora una valla perimetral, en tercer lugar empujar su silla de ruedas hace más complejo el recorrido, en cuarto lugar, con las secuelas de su padecimiento es arriesgado exponerlo a los cambios de temperatura, en sexto lugar la pérdida de visión no le permitiría apreciar el punto de salida del sol; en séptimo lugar, lo malhumora sentirse dependiente, no vale la pena seguir enumerando los peros. Este texto no apunta a otro lado que no sea apreciar el aquí y ahora, darle un lugar especial a las experiencias vividas por cotidianas o repetitivas que parecieran, porque muchas veces lo que nos queda es sólo eso: el recuerdo, no porque se trate de experiencias sencillas son susceptibles de repetirse a voluntad. Nunca sabemos cuándo nuestras circunstancias cambiarán, ni si las condiciones volverán a ser propicias. No necesitamos una experiencia cumbre, para valorar los momentos vividos,  porque un día serán nuestros más preciados recuerdos y nos resta sólo enmarcarlos para volver a ellos al menos en pensamiento.  




jueves, 22 de diciembre de 2011

Tres colores, tres fuerzas, tres puntos de vista, tres concepciones, tres oportunidades de convivir en la diversidad.

Era el año de 1990, entre la visita del Papa Juan Pablo II y el comienzo del mundial de futbol soccer en Italia, sucedió un evento en la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México), un evento denominado al Magno Congreso Universitario, yo era un estudiante de Psicología y era promotor del uso de nuevas tecnologías, específicamente de las computadoras aplicadas a la instrucción o como se llamaba en inglés el CAI y el ICAI (Computer Aided instruction y el Intelligent Computer Aided Instruction), al mismo tiempo trabajaba yo como encargado de un centro de cómputo en un área de post-grado, grandes oportunidades que me dio la UNAM, en mi formación académica y desarrollo laboral. El mundo fascinante de la tecnología educativa seguro lo abordaré en otro momento. El evento que se desarrollaba en ese mayo de 1990, era resultado de un movimiento estudiantil iniciado en 1986, como reacción a una propuesta de reforma de la Universidad, en la que se buscaba principalmente su revaloración mediante el pago de cuotas y evitar el pase reglamentado, aquel que permite que automáticamente los alumnos del bachillerato tengan asegurado un lugar en la licenciatura, al menos eso entendíamos como la esencia de la propuesta de reforma, promovida por un respetable Rector que posteriormente sería encargado de la Comisión Nacional de Derechos Humanos y hasta Secretario de Gobernación interino, Embajador en Francia e Investigador Emérito. A pesar de las credenciales, para los estudiantes era un villano, era quien quería privatizar la Universidad Pública y dejar la educación superior al alcance de la clase dominante. Algunos meses de huelga, luego de la formación del CEU (Consejo Estudiantil Universitario) de aquel año 1986, lograron un compromiso: llevar a cabo el Magno Congreso Resolutivo, algún profesor haría la corrección y explicaría que no era resolutivo sino resolutorio, pero eso ya era lo menos relevante. Se formó una singular comisión denominada COCU, Comisión Organizadora del Congreso Universitario, que estableció las reglas de participación y que estaba compuesta por estudiantes, profesores, investigadores y directores, todos los puntos de vista representados, hasta aquí todo son antecedentes generales. Entre los antecedentes particulares, estaba mi inquietud de que la informática y computación serían una gran herramienta para las áreas de estudio de la Psicología, de tal modo que en los foros que antecedieron al Congreso Universitario, inscribí una ponencia llamada “Informática Aplicada a la Psicología”, y dado que a la par de los foros se deberían apuntar los candidatos que podrían representar a la Facultad, me registré también, yo esperaba que hubiera tantos candidatos como ponentes, pero la realidad es que para los seis lugares que representarían a la Facultad, había siete candidatos inscritos, una plantilla compacta del CEU y yo. Se hizo campaña, el CEU organizó hasta un carnaval con exhibición de lambada (era el baile atrevido y de moda) y yo sin financiamiento, me dediqué a visitar los salones, hablar de mi propuesta y alguien me dijo que aprovechara la simpatía, que en esos casos gana quien cae bien, entonces algunas compañeras de mi grupo me acompañaban, salón por salón, han de saber que las estudiantes de Psicología han tenido fama de ser las más bellas de la Universidad, así que esa campaña no pasaba desapercibida. Por otro lado sin premeditarlo nunca hice campaña en contra del CEU, yo había estado codo con codo desde la huelga de 1986, no seguía militando porque me había desencantado ciertas inconsistencias de los líderes del movimiento, algunas veces me parece inverosímil que a los 17 años uno se tomaba tan en serio los paradigmas de la lucha por el bien común. Dado ese pasado reciente, en mi campaña nunca busqué denostar al contrincante ni hice eco de campañas que trataban de tacharlos de radicales, agresivos, manipulados por fuerzas obscuras y todo lo demás. Un votante me dijo que me daba su voto por haber hecho una campaña propositiva cuya bandera no era hablar mal del otro. El día de las votaciones, se me notificó que de los seis lugares, cinco los ocuparía el CEU y el otro lugar yo. Y empezó el Congreso, la sede: el frontón cerrado, un recinto techado con una gran cancha de madera y amplias gradas , que fueron habilitadas como clones de curul, con dispositivo para votación electrónica y llave de seguridad para activarlo. Iniciamos 814 delegados de todas las escuelas y facultades, excepto un doctor en Derecho, profesor prestigiado, que ese día publicó en un diario que habiendo sido elegido, no se presentaría al Congreso como protesta porque la Universidad no debería cambiar, la autonomía, el nombre y la tradición centenaria de la Máxima Casa de Estudios no debería ponerse en manos de un grupo de congresistas improvisados casi revoltosos. Se dejaba entrever una de esas tres fuerzas que dan título a este texto. El no cambio. A los 19 años de edad, uno se siente emocionado de más ante un evento con casi el mismo número de cámaras de televisión que la visita del Papa y que el venidero mundial, así que corbata al cuello y saco azul me presenté a mi primer día de congreso, previamente había leído completo el reglamento y me quedaban algunas dudas. Gran inauguración, aparición como estrella de teatro del Rector en curso y cientos de voces de congresistas ávidos de protagonismo, antes de empezar propiamente la sesión, en el presídium someterían a votación el reglamente y se ofreció resolver dudas, levanté la mano y fui a hacer fila al micrófono, de los 15 que habían pedido la palabra antes que yo, hubo alguna participación que de extravagante, me pareció aberrante: propuesta de que el congreso no durara un mes si no que se constituyera permanente, que se otorgara servicio de transporte a los congresistas, comidas y apoyo económico y ser el organismo democrático que tomara decisiones sobre el patrimonio y designación de directores y una retahíla de peticiones fuera de lugar. Esa participación calentó el ambiente y cuando me paré frente al micrófono y luego de exponer mi duda sobre alguna inconsistencia menor de los procedimientos de las mesas de trabajo, terminé con un comentario como “compañeros: ¿porqué tantas peticiones?, antes de proponerse como candidatos ustedes firmaron una carta compromiso, en la que reconocían que ser congresista exigía un esfuerzo extra, de no ser así tenían que haber dejado su lugar al candidato que seguía en número de votos…” a partir de ahí la rechifla de unos ya no dejaba escuchar y los aplausos y asentimientos de otros se mezclaban en un ensordecedor rugido de la multitud… recuerdo periodistas disparándome flashazos y congresistas levantados de su lugar que venían exacerbados corriendo a pedir la palabra al frente. Además de los invitados como público que ocupaban la parte superior de las gradas separados por una valla de alambre…….y como si el recuerdo se difuminara, entre gritos, se empañara con aspavientos y se secara con recesos de la sesión, se aviva después con un par de frases célebres: esta no es una cuestión de derecho sino de justicia y la justicia está sobre cualquier reglamento y la otra: “estamos hasta la madre de la Universidad de saco y corbata”, al final nos llevó dos días ponernos de acuerdo en un reglamento que se esperaba aprobado en 10 minutos, costos de la democracia. Un problema fue armar las comisiones de trabajo, entre ellas la comisión del diario del congreso, tres planillas se disputaban quien vigilaría y apoyaría las mesas de trabajo, el CEU, que buscaba la democratización hasta el absurdo (o sea someter a votación desde los representantes de comisiones hasta si se comería pollo o hamburguesas en las sesiones), jeans, playeras alusivas al Ché Guevara, rastas y pulseras tejidas por artesanos oaxaqueños y chiapanecos y en el aire un aroma a patchouli ( dícese del perfume elaborado a partir de la semilla de cannabis), esa era la apariencia, las ideas multicolores también y manifestaciones artísticas creativas abundaban, aunque muchas veces se buscaba un cambio per se y como vuelta de la moneda, es decir, apostarle al extremo opuesto para ver qué pasaba. Había una asociación de estudiantes reactiva al CEU, denominada CAU, (Consejo Académico Universitario), asociado a cierta agrupación de profesores y vista con simpatía por algunos directores que consideraban que la Universidad no necesitaba mayores cambios. Apariencia: niñas de traje sastre y jóvenes con corte de pelo a la moda y de traje y corbata, hablando siempre en círculos cortos, con derecho de picaporte a oficinas de los directores y con una capa repelente al CEU, sabedores de más respaldo que de ideas. Y una tercera agrupación emergente, de los llamados “independientes”, o sea, aquellos estudiantes que habían llegado sin respaldo de una u otra asociación y que se empezaron a conocer por sus coincidencias de puntos de vista, sin presiones de aferrarse a uno u otro extremo de los puntos de vista , pero hay que decirlo, sin un plan claro y con cierto vacío de ideología, los más susceptibles a las inconsistencias e incongruencias.
 ¿Se nota?,
Esas tres tendencias, me mostraban, me enseñaban la conformación de tres fuerzas, tres concepciones del mundo (universitario), sin fronteras tangibles, peleadas entre ellas, pero aduciendo tener un fin común, la mejora de la Institución. Para cada una de las fuerzas, la otra era objeto de sospechas, de contubernios, de desconfianza, de intereses ocultos. Por si alguien no lo sabía, la Universidad Nacional, maneja tradicionalmente un presupuesto equivalente a tres entidades federativas, o sea todo el gasto de tres estados de la república, tiene el mayor número de estudiantes en el país y realiza el 70% de la investigación científica. Es reconocida como una de las cinco mejores universidades de Iberoamérica y está dentro de las mejores 200 a nivel mundial, por eso un intento de transformarla de fondo, no era cosa menor. En lo personal, me integré a la comisión del diario del congreso, cada noche recibíamos las conclusiones de las mesas de trabajo y terminábamos enviando a una imprenta un pequeño periódico que se distribuía al día siguiente a cada uno de los congresistas, comisión en la que este joven estudiante, compartía la mesa de trabajo con el Coordinador de la Investigación científica, con un profesor emérito de la Facultad de Derecho, un Secretario General, hecho rector un par de años después . Y me tocó ir a la mesa de trabajo número tres, aquella que discutía la estructura académica. Afortunadamente compartiendo horas de discusión y propuestas con eminencias que hoy son columnistas y referentes de la educación en el país y con la Maestra Ana María Cetto, premio Nobel, conste que es el único nombre que no he esquivado en este texto.

Se ha dicho mucho que la Universidad es un laboratorio de la sociedad mexicana y como recuento de los daños y beneficios de aquel magno congreso antes de que empezara el mundial, fueron que al patrimonio universitario, aquel organismo que maneja las propiedades y el ejercicio del presupuesto no tuvo cambios, se defendió con toda la artillería pesada de directores y administradores de la universidad y a pesar de los esfuerzos de las fuerzas que buscaban el cambio, no hubo tal, hay pilares fundamentales que no se mueven a pesar de los movimientos. En el otro extremo, donde tanto se discutió las aumentar las cuotas o pagos y el pase reglamentado, los estudiantes del CEU defendieron hasta las últimas que eso no cambiara, ambos extremos se llevaron muchos de los reflectores, afortunadamente dejaron trabajar otras mesas y por ejemplo la mesa tres, logró consolidar los consejos académicos de área que a la postre han sobrevivido y coadyuvado a una mejor evaluación de los programas académicos.

Diez años después, a principios del año 2000, tuve que ir a una sesión de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, entiéndase como la asamblea de diputados de la capital del país. Primera vez que la izquierda lograba mayoría y que por cierto, la ciudad era gobernada por la misma fuerza política, identificada por el color amarillo que proponía (y logró) cambios de 180 grados, ante una bancada de color azul, absolutamente conservadora que se oponía a esos cambios, pero que no gozaba de la mayoría para defenderlos, pero demostraba su respaldo como para explicar que sucediera lo que sucediera, su riesgo era el menor. Eso sí, me tocó ver una bancada tricolor que mostraba un experiencia superior para manejarse y era capaz de detener una sesión simplemente abandonando la sede y dejándola sin quórum. Lo anecdótico es que no solamente encontré coincidencias en las ideas y diferencias en los grupos similar al congreso universitario, sino que me encontré a muchas de las mismas personas, ideas y posiciones convergentes en escenarios distintos. En una búsqueda de acuerdos a pesar de los colores, a pesar de los diferentes puntos de vista, a pesar de las diferentes concepciones, a partir de las oportunidades de convivir en la diversidad.